
Entro en el metro, no lo soporto.
Me siguen, me observan e inevitablemente no dejo de hacer lo mismo. Una sensación de agobio, presión, la inquietud me invade…
Aquella mujer, sí, aquella mujer me está observando, me lleva vigilando desde que he entrado en el vagón. Su ropa me sugiere que trabaja en una oficina, sí, sus tacones de 7 centímetros lo confirman, no se puede aguantar con esos zapatos a no ser que estés sentado. Su cara refleja cansancio; un jefe cabrón, seguro. No lleva alianza, el maquillaje ya no puede cubrir sus ojeras… Me sigue mirando. Necesito bajar ya. Su mera presencia me incomoda, quiero dejar de fijarme en ella. Bien, intentémoslo.
Ese chico, ese adolescente no hace más que mirarme. Coge el móvil. ¿¡Qué!? ¿¡Qué coño hace!?...¿Acaso me está haciendo una foto?... AGH! Y esa chica a su lado no hace más que cuchichear, seguro que es sobre mí… no me lo puedo creer.
Basta, no puedo más. En esta parada me bajo. Quedan dos para llegar a mi casa pero no puedo seguir en ese vagón. Necesito aire. Salgo a la calle, sí, por fin…
Camino, camino rápido. Siento que me siguen, me giro. No hay nadie salvo un puñetero gato callejero ¿Qué hace? Hasta los gatos me persiguen, no puede ser. Me falta poco, ya estoy llegando. Veinte metros más y llegaré a casa.
Saco las llaves, miro a los lados, abro la puerta… Esa maldita portera… Intento ignorarla.
Subo hasta el segundo. Miro a los lados, abro la puerta, miro a los lados, cierro.
Por fin, sola, en mi casa, he llegado. Me tumbo en el sofá y la oscuridad completa de mi casa me resguarda. No queda ni un solo hueco por el que alguien pueda observarme.
Alivio…